Guadalupe Moreno se sienta al lado de su abuela Lola, de 84 años, en una habitación perfectamente equipada para una persona mayor y con dificultades de movilidad. Muy luminosa. Y se siente como en casa. Lola habla convencida, segura, no titubea. Se encuentra en la unidad de cuidados paliativos de la Fundación Laguna de Madrid, y no pasa ni un solo día sin estar acompañada por sus hijos y sus siete nietos. Esa es su realidad y tiene muy claro cómo es su vida ahora: "Yo cuidé de mis nietos toda la vida, ya son ellos los que me cuidan a mí".

Lleva cinco días y nunca está sola. Además, la familia ve una evolución muy positiva. "Desde el primer día aquí ha recuperado vitalidad", comenta Guadalupe, que recuerda que "los últimos momentos en casa fueron malos: estaba casi sin hablar, sin comer, no abría los ojos...pero cuando la trasladamos hubo un cambio, ya camina, está con más energía". La propia Lola lo confirma: "Me hacen estar mejor".

Tanto para los familiares como para la propia paciente estar en casa ya era complicado. "En la Fundación es más sencillo estar con ella", prosigue la nieta de una Lola que también se nota mucho mejor. "Cuando una se pone enferma lo primero es llamar al médico, pero aquí venimos a hacernos compañía unos a otros".

En el poco tiempo que ha pasado desde su ingreso, Lola no ha podido relacionarse mucho con otros pacientes, pero tiene claro que lo hará. "De momento no, pero seguro que pronto nos acostumbramos a estar todos juntos. Eso hace mucho mejor a la persona". A pesar de no tener todavía "amistades", como ella dice, nunca está sola: "En esta habitación siempre entra y sale gente, se me pasa el tiempo muy rápido".

"Ahora tenemos una seguridad"

Guadalupe y el resto de la familia, por otra parte, han ganado en tranquilidad. Recuerda que "hay momentos en los que se pone peor y la única solución es llamar al médico, pero entre que llega y no, nunca sabes qué puede pasar. Aquí ya tienes una seguridad". Además, añade, "nos gusta la idea de los voluntarios, contar con ellos es un alivio, aunque tiene mucha gente, pero nunca se sabe".

Lola no tiene ninguna prisa. "Paso mucho tiempo en la habitación, hasta que me adapte del todo", esgrime, pero su nieta tarda pocos segundos en convencerla de que salgan a la terraza de una de las plantas de la Fundación. Sube en silla de ruedas, y muy animada. Y cuando sale a la calle el sol se posa sobre una zona de la azotea. Las vistas son imponentes, todo verde.

En un pequeño rincón se forma una sombra necesaria. La brisa de media mañana provoca que ese sea el mejor lugar para que se forme la tertulia entre paciente y familia. "Vamos a estar aquí horas, ¿verdad, abuela?", le dice Guadalupe a Lola, que asiente. Se quedan a la sombra. La nieta se sienta, y comenta entre sonrisas, "ahora, a mirar al horizonte". Lola mira a su nieta, esboza una mueca de gratitud, y se queda, como ella misma expresa, "al fresco".