Estimado expresident: Una forma de saber si lo que reclamamos a otro es correcto consiste en imaginar una situación inversa. Por ejemplo, si los castellanohablantes hemos de escribir ‘Girona’ en vez de ‘Gerona’, o ‘Lleida’ en lugar de ‘Lérida’, podemos preguntar si la Administración catalana y los periodistas de su comunidad escriben a su vez ‘Zaragoza’ en lugar de ‘Saragossa’ cuando se expresan en catalán, ‘Teruel’ en vez de ‘Terol’ o ‘Cuenca’ en vez de ‘Conca’, por no hacer larga la lista.


Sabemos la respuesta: nosotros decimos ‘Girona’ pero su Administración y sus medios públicos escriben siempre ‘Saragossa’. Y no nos parece mal, pues se trata de un detalle de desagravio y de amistad por nuestra parte.


Con el ‘derecho a decidir’, también se puede plantear una hipótesis inversa. Si Cataluña podía romper con España, a España le habría cabido durante estos años la posibilidad de romper con Cataluña. Imaginemos (solamente a efectos retóricos) que -hartos de que la bandera española no ondease en sus balcones oficiales, molestos por tanto escaqueo de participar en actos constitucionales y organismos de representación autonómica, y quejosos de sus lamentos no siempre leales y solidarios- las Cortes hubieran aprobado unilateralmente la expulsión de Cataluña para someterla después a referéndum en el resto de España. Y que para adoptar tal acuerdo hubiese bastado con invocar el derecho a decidir unilateralmente tal cosa mediante una exigua mayoría, puesto que España es dueña de su futuro.

Al día siguiente de refrendarse tal sinrazón, los gasoductos españoles interrumpirían el suministro a su ex comunidad autónoma, el agua del Ebro se quedaría en los riegos de Aragón y moriría sin remedio el ciudadano catalán que esperase un hígado desde Sevilla para un trasplante urgente.

Sí le sugiero que hagan de vez en cuando el ejercicio teórico de dar la vuelta a sus argumentos


Estará usted conmigo en que eso habría sido una barbaridad, sobre todo si se hubiera acordado en los años en que un altísimo porcentaje de catalanes vivían tan felices sin plantearse desconexión alguna y recibiendo ingentes fondos europeos  (5.139 millones de euros entre 2000 y 2006). Sin duda, tales medidas habrían caído en la ilegalidad, conculcarían la Constitución y también resultarían catastróficas para todos.

No le pido, señor Puigdemont, que llamen ‘Zaragoza’ a su ‘Saragossa’, que eso ya me parece bien como está. Pero sí le sugiero que hagan de vez en cuando el ejercicio teórico de dar la vuelta a sus argumentos para imaginar qué pasaría si todo pudiese ocurrir al revés.

Una abraçada, Álex Grijelmo