Lo malo de esta perversión –perturbado el orden o estado de las cosas– es que nadie gana. Las cosas pueden ir a peor, pero no va a ser muy difícil que mejoren porque para eso tendríamos que dar marcha atrás en el tiempo. Tenía hoy la esperanza de animar a unos y a otros –ya sé que inútilmente– para intentar no tanto volver a la casi normalidad pasada, como emprender el camino hacia la posibilidad del futuro. Iba a decir que sí, que la Ley es la Ley pero que lo de la rebelión no va a prosperar y la sedición es un tema complicado, de forma que tal vez si los encarcelados preventivamente recurren la decisión, se podría al menos hacer más flexible –sin romperla– la vara de la Justicia.

El problema es que, en ese caso y a la vez, los hoy encarcelados se deberían comprometer a que hasta el día de las elecciones –al parecer aceptadas por todos– no iban a insistir en el delito de la inútilmente proclamada DUI una vez en libertad. Ya se ha visto que ese no es el camino, porque ya ha quedado demostrado que no lleva a ninguna parte y lo reconocen –aunque entre dientes– incluso muchos de los que animaron la proclamación de la famosa república.

Y haría falta, a la vez, que el Gobierno admitiera el 155 como la metáfora de una realidad ya superada. Quizás ahí podía estar el comienzo de la solución o al menos una posibilidad de futuro. Pero nadie quiere apearse de su burro y aquí seguimos todos, engañados/desengañados, crédulos/incrédulos frente al muro de las lamentaciones inútiles y ahondando cada vez más el dedo en las heridas del otro. Lo malo es que el otro somos todos y la inmensa mayoría de ese 'todos' no estamos, creo, por la labor de cronificar el enfrentamiento. Pero lo peor es que la controversia ha perdido la racionalidad y ya solo queda un fanatismo sentimental.

La Ley es la Ley, pero lo de la rebelión no va a prosperarY cómo susurrar a la jueza sin perturbar su independencia que dentro de la Ley también hay caminos paralelos. Cómo pedir a los independentistas un compromiso serio no para que abandonen su legítima aspiración, sino para que lo hagan dentro del orden constitucional. Cómo decirle al Gobierno de la nación que sí, que vale, pero que es el momento de levantar el pie del acelerador. Cómo esperar de todos, incluso de los que no están directamente involucrados, un gesto de sensatez por el bien común.

Es inútil porque, aun sabiendo que esto no lleva más que al desastre, nadie quiere ser el primero en dar el paso. Tal vez para eso sirven los contactos secretos, necesitamos puentes o los túneles que no vemos, incluso las llamadas cloacas, que haberlas, haylas en todos los Estados. No sé, ha llegado el momento en el que casi todo vale para desenredar esta malla que no gusta a nadie y a todos nos ahoga. Persistir en el error o no tratar de enmendarlo no es de valientes, sino de necios. En este país ocurren demasiadas cosas importantes que están a la espera de que se solucione un problema que nunca debió serlo.