O1 Un raro conde. En España hay un raro título de conde. Su rango está por encima no solo de cualquier conde, sino de todo marqués, duque, infante y aun príncipe. Históricamente, es el rey quien da y quita estos títulos y puede exaltarlos concediéndoles la 'grandeza'. Pero nada de esto reza, ni puede rezar, para el citado conde. El motivo es que ostentar ese condado exige un requisito insólito: primero hay que ser rey. No hay otra forma de lograrlo. En efecto, el conde de Barcelona –la Ciudad Condal por antonomasia– era el rey de Aragón. Y luego (por transmisión directa de Fernando II el Católico a Carlos I), el rey de España.

O2 Juan III... de Barcelona. Bien avanzado el siglo xx, aún cumplió el título condal barcelonés funciones políticas. Los monárquicos a machamartillo negaban (en voz baja) al general Franco la legitimidad en la jefatura del Estado. Lo tildaban de usurpador abusivo y llamaban Juan III a Juan de Borbón y Battenberg, hijo de Alfonso XIII y padre de Juan Carlos I. Le ponían un numeral, como se hace con los reyes, aunque él no lo era, y se dirigían a él como 'Majestad'. La burocracia y el protocolo del régimen de Franco lo denominaban 'Su Alteza Real el Conde de Barcelona' y así se resolvía el asunto. Una solución catalana.

Cuando, al cabo de los años, Juan Carlos I fue proclamado rey, su padre, en una breve ceremonia dinástica (discreta, pero no secreta), renunció a sus derechos al trono. Habló durante cinco minutos, leyendo unos folios que sujetó con manos temblorosas; le cedió la jefatura de la Casa Real, lo llamó 'Majestad', se cuadró militarmente ante él (aunque vestían ambos de paisano) en señal de acatamiento y le hizo este ruego: "Deseo conservar para mí y usar como hasta ahora el título de conde de Barcelona". Era el 14 de mayo de 1977. Su hijo, hasta la muerte de su padre en 1993, no lo utilizó. Es la última muestra del aprecio que el condado barcelonés, hoy mero honor formal, despertó siempre en las personas reales.

Hasta la muerte de Juan de Borbón su hijo no utilizó el título de conde de Barcelona

En el panteón de los reyes, sito en la cripta del monasterio escurialense de San Lorenzo, un sarcófago vacío espera el paso del tiempo establecido para que los despojos de Juan III, hechos ya osamenta monda en el oscuro pudridero anejo, se depositen junto a los de los reyes de su linaje. Juan de Borbón no reinó vivo, pero lo parecerá después de muerto, por esta inscripción ambigua pintada en la caja: Ioannes III, comes Barcinonae. Porque en la lista de los condes de Barcelona solo ha habido tres Juan. Mas, por otro lado, la residencia póstuma en ese lugar requiere haber reinado, lo que él no hizo.

O3 Tal para cual. Desde 1164, el conde de Barcelona fue siempre el rey aragonés. En esa remota fecha, y por vez primera, el joven Alfonso II, hijo de la reina Petronila y del conde Ramón Berenguer IV, fue al tiempo rey de Aragón y conde de Barcelona, por este concreto orden de precedencia. Hasta hoy. Hay nacionalistas e independentistas que se atormentan por el hecho de que el principal de los nobles catalanes, antes de tener un hijo con la reina de Aragón, no fuera rey, ni Cataluña reino, sino un conjunto de condados que fueron aunándose por los soberanos comunes, herederos de los linajes de Aragón y Barcelona.

La dignidad condal barcelonesa no tenía parangón en España

Es una visión anacrónica, en la que también incurren, a contrario sensu, quienes miden con esta vara la importancia de los países: ¿o no es más un rey –de Aragón, de Valencia, de Mallorca– que un conde? El de conde de Barcelona es uno de los títulos del rey de Aragón, especialmente preciado del soberano, porque lo recibió en el siglo XII al mismo tiempo que el de rey y de ahí le vino su grandeza. La dignidad condal barcelonesa no tenía parangón en España: la conditio sine qua non para ser conde de Barcelona era ser rey de Aragón.

Es como discutir qué es más importante, si ser papa u obispo de Roma. Más bien absurdo.