No sé si te gustará, querida influencer, que me dirija a ti con ese neologismo o prefieres que te llame librera. Como hoy es el día de las librerías, parece más propio lo segundo, pero en realidad sois los influencers de toda la vida. Vuestro criterio se impone, porque conocéis las preferencias de los lectores con mayor precisión que Google, pero sin archivar nuestra intimidad.

Me acostumbraron desde niña a respetar las casas en las que había libros, así que no puedo sino reverenciar las librerías: han alcanzado la categoría de casa. Cuando entro en una me acuerdo siempre de Audrey Hepburn en Tiffany's: nada más poner un pie allí sentía que nada malo podía sucederle. Eso es estar en casa. Siempre hay una lamparita encendida –como en un refugio– y una calma chicha extraña, pues en los estantes se amontonan miles de personas con mucho que contar.

Sabrás, porque los libreros sois ávidos lectores, que Heine dejó escrito: «Allí donde queman libros acaban quemando hombres». Como su augurio se cumplió milimétricamente –primero fue el bibliocausto, después el Holocausto–, no resulta exagerado pensar que todo aquello que les suceda a los libros nos acabará sucediendo a las personas. Si las bibliotecas son como el jardín botánico de los libros, las librerías son el huerto. Solo que allí se cultivan seres humanos.

No resulta exagerado pensar que todo lo que les suceda a los libros nos acabará sucediendo a las personasNo se me ocurre un lugar mejor donde hoy pueda pedir asilo la humanidad. Los agoreros afirman que vamos hacia un mundo poshumano, donde las personas seremos declaradas sobrantes, reemplazadas por las máquinas y la tecnología, concentrada en unas pocas manos. Tengo para mí, no obstante, que el problema no lo constituyen los robots, sino nosotros. Nos estamos maltratando al prescindir de la cultura, porque nos hemos llegado a creer que somos meros productores y consumidores. Cuando Kant escribió aquello de "trata a las personas como fines y nunca como medios", se le olvidó poner énfasis en el trato a uno mismo.

Hay que ir a la pescadería, sí, pero uno no se queda horas hojeando un rodaballo: lo hace al horno. Cuando lo ha disfrutado, los libros nos dan ese algo más que nos hace humanos: tal vez sea el sentido (el sinsentido algunos días); quizá algo tan básico como la compañía de los seres afines de los siglos. El caso es que la librería emerge como una de las pocas certezas en este mundo cambiante: allí donde aman los libros acaban amando a los humanos.

Un saludo afectuoso y libresco,
Irene Lozano