En este mismo momento, mientras usted lee el periódico, muchos estudiantes de guitarra clásica de todo el mundo (en Corea, en Argentina, en Estados Unidos) están ensayando la Sonata del compositor español Antonio José. Se trata de una delicada obra compuesta en 1933, una de las más importantes del repertorio para guitarra, de las más famosas y grabadas.

"¡Un momento!" –dirá algún lector melómano–. "¿Famosa? ¿Grabada? Yo nunca he oído hablar de ella. En mis discos de Andrés Segovia o de Narciso Yepes no aparece por ninguna parte".

En efecto, nunca la tocaron estos grandes maestros, y lo más seguro es que ni siquiera conocieran el nombre del compositor. Quien sí debió de tener la partitura en sus manos fue Regino Sainz de la Maza, burgalés como Antonio José y dedicatario de la obra. Sainz de la Maza fue un gran virtuoso de la guitarra. Por ejemplo, él fue quien estrenó el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, en la Barcelona de la inmediata posguerra.

Antonio José era un artista proscrito. Su nombre desapareció de los programasLo que sucedía en aquellas fechas (y prosiguió luego durante todo el franquismo) es que Antonio José era un artista proscrito. Su nombre desapareció de los programas en la zona sublevada (en la republicana, sin embargo, tuvo un homenaje en Valencia en 1937, durante el II Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura, donde se interpretó la orquestación que Julián Bautista hizo de dos de sus Evocaciones). Antonio José ya estaba muerto. Lo había fusilado un pelotón de falangistas en octubre de 1936 y su cuerpo quedó enterrado en algún lugar ignoto del monte de Estépar, en Burgos. Lo mataron por simpatizar con los valores izquierdistas y republicanos, pese a que era una persona absolutamente moderada y civilizada, entregada a la música.

Su obra ha estado silenciada hasta hace unas décadas, cuando algunas personalidades comenzaron a reivindicarla: entre otras, el musicólogo Miguel Ángel Palacios Garoz (gran estudioso y editor de su correspondencia) o Alejandro Yagüe, recientemente fallecido, quien terminó de orquestar la ópera que Antonio José dejó inconclusa.

Así, la Sonata que citaba antes, por ejemplo, se publicó por primera vez en Italia en 1999, gracias al compositor y guitarrista Angelo Gilardino (quien ha contado cómo le llegó el manuscrito en sus memorias Io, la chitarra e altri racconti, Edizioni Curci, 2016). A partir de entonces, la obra empezó a ser tocada en los escenarios de todo el mundo. Hace un par de semanas, por ejemplo, el guitarrista David Antigüedad la interpretó en la Fundación Juan March de Madrid, en un programa en el que Antonio José compartió protagonismo con Bach, Sor y Takemitsu, nada menos.

Entre las composiciones que dejó sin estrenar figura una ópera, 'El mozo de las mulas'

Antonio José murió con 33 años y nadie sabe a dónde habría llegado su talento, qué clase de compositor habría llegado a ser, si habría perseverado en el folclorismo de ciertas obras o se habría decantado por el estilo más vanguardista que anuncia en otras. Entre las composiciones que dejó sin estrenar figura una ópera, 'El mozo de mulas' (basada en la novelita de don Luis y doña Clara, uno de los relatos insertos en el Quijote), que comenzó a componer en 1927, en Málaga (donde pasó unos años de profesor de música en el colegio de los jesuitas en El Palo), y en la que trabajó hasta las vísperas de su muerte.

Dentro de unos días, el 12 de noviembre y en su ciudad natal, la Orquesta Sinfónica de Burgos, la Federación burgalesa de Corales, el director Javier Castro y varios solistas vocales (entre otros, Alicia Amo y Pancho Corujo en los papeles principales) van a interpretar por primera vez, en versión de concierto, esta obra. Quizá suceda con ella como con la Sonata para guitarra y dentro de unos años la veamos representada en todos los teatros del mundo y los melómanos se pregunten: «¿Pero de dónde ha salido este compositor? ¿Dónde ha estado escondido?".

El domingo se desvelará el misterio de esta música. Y yo estoy emocionadísimo.