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Un reportero como los de las películas

El periodista David Beriain, asesinado en Burkina Faso, donde rodaba una pieza sobre caza ilegal, y su interesante carrera documental

El reportero David Beriain.
Discovery MAX

Anoche trataba de explicarles a Nico, Guille y Álex, que todavía no entienden muy bien en qué consiste esto del periodismo, quién era y a qué se dedicaba mi amigo David, al que han asesinado por empeñarse en buscar la verdad en Burkina Faso. Tras infructuosas referencias a Robert Capa y a Kapuscinski (“Estuvo en una guerra por el fútbol, hijos”, pero ni así), sólo se me ocurrió contarles que era un reportero como los que salen en las películas. Como el Mel Gibson de El año que vivimos peligrosamente o el Sam Waterstone de Los gritos del silencio. O, mucho más parecido físicamente a David, como el Nick Nolte de Bajo el fuego. Aunque, en realidad, con esa majestuosa barba de Rey de la baraja se parecía mucho (además de a David Gistau), al poderoso actor Jason Clarke, que ha sido agente de la CIA, astronauta, John Connor y Ted Kennedy, pero nunca reportero como David.

Mis tres hijos, pequeños aún, protestaron: no sabían cómo eran los reporteros en las películas porque todavía no han visto ninguna. Porque ya no hay películas en las que salgan reporteros. Porque ya no quedan reporteros como mi amigo.

La mejor forma de explicarle a los peques qué hacía y cómo era mi amigo reportero de Artajona la teníamos en la mesita de noche, y nos pusimos a leer Los cigarros del faraón y El loto azul en honor a David. Sólo tuvimos que cambiar Tintín por Beriain. Y lo entendieron perfectamente.

Mis hijos han descubierto así que David Beriain era el mejor, el más valiente, el más apasionado y el más cabezota. David Beriain encarnó los ideales del periodismo puro, el que se juega la vida para contar historias. A su lado, sus amigos periodistas somos la nada.

Le conocí el primer día de facultad en Pamplona. Yo venía de estudiar Derecho, con la absurda superioridad de tener unos años más que aquellos pipiolos de segundo de periodismo. Y aquella misma tarde, con su jersey de lana y sus botas militares, me hizo caer del guindo: vi como un chaval de 19 años con más calle que el sereno arrinconaba a la ilusa profesora de Introducción a la Publicidad: “¿Y para qué tengo que estudiar yo esta mierda de publicidad si lo que quiero es ser periodista y contar el mundo?”. Pronto hicimos amistad, su pueblo, Artajona, estaba cerca del mío, Olite, y compartimos fiestas, fútbol, cine y sueños de periodista en cuadrilla. Él los cumplió todos.

Desde muy pronto demostró su pasión por contar historias y por meterse en líos. Los veranos, en lugar de languidecer contando fiestas de pueblos o cubriendo ruedas de prensa de concejales en periódicos de provincias como los demás aspirantes a periodista, los pasó en Argentina, aprendiendo el oficio a la brava: se jugó la vida destapando mafias locales en el diario El Liberal de Santiago del Estero. Unas crónicas que, junto a las que ha escrito después para La Voz de Galicia, ADN o El País, entre otros, conforman un corpus lleno de intención. Por descubrir la verdad. Por contar el mundo desde los rincones peor iluminados. Últimamente se prodigaba menos en la prensa, pero era un escritor de raza, con una fuerza descomunal, que iba al meollo de la cuestión sin rodeos, con precisión de cirujano.

Pronto descubrió su faceta audiovisual, junto a sus compañeros de aventuras, los cámaras, a los que creo que admiraba incluso más que a los periodistas, y empezó a sentir la adrenalina de ponerse ante el objetivo. El reportaje era su arma, y así llegó a liderar sus propios proyectos, tras años a la sombra de otros jefes como Jon Sistiaga, y a producir y encabezar series documentales como Amazonas clandestino y Clandestino, que se han emitido en medio mundo. Pensados como vehículo periodístico, muchos de sus reportajes se estrenaron como largometrajes, codirigidos junto a Fernando Ureña: Yasuní, genocidio en la selva (2014), El ejército perdido de la CIA (2016) o Latinos en el corredor de la muerte (2018).

Es menos conocido su espléndido cortometraje Percebeiros, quizá su primer trabajo audiovisual de autoría propia, y del que estaba tan orgulloso. Todavía recuerdo aquellos días en los que fue preseleccionado a los Goya en 2012 a mejor corto documental, y su desilusión, tras no lograr la nominación, por no poder pasear por la alfombra roja, donde habíamos quedado en volver a encontrarnos.

David Beriain era un hombre directo, sin ínfulas ni artificios. Logró lo más difícil: ser extraordinario con armas muy sencillas. Navarro a conciencia, te contaba cómo había entrado en un Irak en guerra atravesando Siria en el doble fondo de un camión exactamente igual que te recordaba cómo había ido a ayudar a su padre en el campo o que festejaba el último gol de Osasuna. Jamás se dio importancia, nunca se puso por delante de lo que contaba. La curiosidad, las ganas de aprender, su pasión por el relato de la realidad, su ilusión por alumbrar el camino a los estudiantes en sus visitas a las facultades, su compromiso con las historias de los más necesitados, su terquedad para meterse en líos a pesar de lo que sufría su madre cada vez que planeaba una nueva aventura. 

A todo ello hay que añadirle una dignidad profesional pocas veces vista en este mundo periodístico en precario: nunca se apoltronó, abandonó la comodidad de un puesto de trabajo y un contrato fijo en las empresas que le ficharon siempre que notó que las promesas se desvanecían, que le escatimaban presupuesto para sus viajes, que no creían de verdad en sus propuestas para mantener un periodismo con testigos en el centro de la noticia. David cogía el petate y, con una mano delante y otra detrás, se iba a su casa en Artajona y desde allí comenzaba a comerse el mundo de nuevo. Hasta que le volvían a buscar porque su trabajo era extraordinario, el de un auténtico fuera de serie.

De todos sus rasgos de humanismo, yo, egoísta que no le llego a la suela del zapato, me quedo con que el día antes de mi boda en Galicia tuvo que suspender su asistencia por una de sus enésimas escapadas de urgencia a uno de esos países en conflicto que tenía siempre en la agenda. Desde allí, al teléfono, su voz sonaba tranquila: su única preocupación antes de salir de nuevo a la calle, a la selva, al mar, a jugarse la vida en el fin del mundo era saber quién había pagado la habitación del hotel del convite que había dejado reservada en Coruña. Y eso sí que no sale en las películas.

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