Donald Trump ha vuelto a poner al mundo en vilo. Su decisión de reconocer Jerusalén como la capital del Estado de Israel ha encontrado la oposición de la comunidad internacional, pero lo cierto es que el mandatario estadounidense se sujeta en una normal que aprobó el Congreso hace más de veinte años.

El contexto histórico de esta decisión es complejo, y no se libra de una coyuntura de conflictividad. Y es que en 1980, el Parlamento israelí aprobó una ley en la que instalaba la capital del país en Jerusalén de manera "unificada".

Esa unidad se había logrado sobre el papel en el año 1967, cuando las fuerzas de Israel anexionaron la zona este de la ciudad en la llamada Guerra de los Seis Días, después de que ese terreno estuviera en manos de los palestinos. Al mismo tiempo, también sumó la Ciudad Vieja: esta, desde 1948, había estado administrada por Jordania.

Solo un mes después de esta decisión de Israel, la ONU casi en bloque se opuso a ella. ¿Por qué? Precisamente para evitar una tensión que ahora ha revivido Trump. Jerusalén ha sido y es, por un lado, la capital según el Gobierno de Netanyahu -y los anteriores- pero por otro, también la ciudad que consideran los palestinos como su centro neurálgico en el caso de que un estado independiente se haga realidad.

La ciudad es uno de los ejes principales en el conflicto entre Israel y Palestina

Es por tanto motivo de disputa, que cobra especial peligrosidad si tenemos en cuenta el conflicto que sigue latente entre unos y otros. Por eso Naciones Unidas aprobó, aunque de manera no vinculante, que todos sus países miembros mantuvieran las embajadas en Tel Aviv. Solo se abstuvo Estados Unidos.

Y es que en la Casa Blanca tenían un plan. En 1995, el Congreso estadounidense dio luz verde al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. El texto incluía que la embajada tenía que ser trasladada como muy tarde "el 31 de mayo de 1999". Eso, lógicamente, no se ha cumplido hasta ahora. Obama obvió durante años ese plan, y ni Bush ni Clinton lo llevaron a cabo a pesar de sus intenciones de hacerlo. Ha tenido que llegar Trump para hacer oídos sordos al mundo y dar un paso que puede arriesgar la paz en una de las zonas más inestables del mundo.