El viernes, la música del Bilbao BBK Live también comenzó por la mañana. Al sol del mediodía, Paco Román seleccionaba con cuidado cada una de sus guitarras en el escenario Arenal Heineken, situado en una de las orillas de la ría bilbaína, uno de los espacios apoyados por la marca para extender el ambiente musical a todas las esquinas de la ciudad; Neuman subieron a tocar como el mejor desayuno. El minimalismo intrínseco a sus trabajos se encuentra también en directo, con la elegancia del que no necesita artificios para demostrar su talento.

El tiempo comenzó a cambiar mientras, ya en Kobetamendi, King Gizzard & The Lizard Wizard hicieron aparición explotando su parte más roquera; la psicodelia y el toque de locura que les define -y que tanto encandila a sus fans- quedó en segundo plano.

Tampoco acabó de despegar el directo de My Bloody Valentine desde el escenario Heineken situado en el recinto; su rock de tintes experimentales y mezcla difusa funciona bien en sus discos de estudio, pero el bajo volumen de la voz de Kevin Shields en directo solo enganchó a los más entregados a la banda irlandesa.

En la espera -algo más larga de lo habitual- hasta The xx, comenzaron a caer las primeras gotas. A poca gente le importó cuando Romy, Oliver y Jamie pusieron un pie en el escenario. Los del sur de Londres se han ganado al público durante toda la semana gracias al Night and Day, pero acabaron de convencer en el directo de este viernes.

El trío ha cogido seguridad y carrerilla. I See You (2017) les ha servido para ganar en credibilidad donde antes, para muchos, solo había melodías melancólicas. Sigue igual de suave la voz de Romy, que sonreía con timidez, algo apabullada, mientras introducía temas como Crystalised, Reunion o su más reciente Say Something Loving. Aunque incómoda, la lluvia quedaba bien como telón de fondo.

No faltó el momento estelar de Jamie XX, por supuesto. El DJ comenzó a lucirse dando una elegante vuelta a Fiction, y se coronó con una rápida sesión que sirvió como espera antes del bis. Como cierre perfecto, el enlace de Intro y Angels, dos de los temas más conocidos del conjunto.

El escenario como obra de arte

Ser cantante, compositor, escritor y cineasta tiene mérito; juntar todos esos aspectos en un escenario roza la genialidad. David Byrne montó el espectáculo más sorprendente de estos días en el escenario Heineken. No por los medios técnicos -la electrónica lleva ventaja en ese aspecto-, sino por una puesta en escena teatral, que empezó con una charla, cerebro en mano, acompañada de una de sus novedades, Here. Fue justo antes de dar pie a once músicos frente a unas cortinas que evocaban una mezcla entre teatro musical y televisión en los setenta, baile y pantomimas incluidas.

El veterano presentó su American Utopia mientras, bajo cántaros de lluvia, el escenario en el que actuaba se iba llenando de curiosos asomándose ante las ovaciones de las primeras filas. No faltaron tampoco temas imprescindibles de los Talking Heads, como Once in a Lifetime o Slippery People.

Tras los aplausos finales y el cierre -figurado- del telón de Byrne, llegó otra de las leyendas: la de los Chemical Brothers. Los padres del Big Beat han sabido actualizar su electrónica, pero también su directo, un espectáculo de luz inmersiva que obligaba a bailar -literalmente, desde la proyección que acompañaba a la potente Go- en una mezcla que solapó a la perfección sus temas más míticos de su carrera, acompañados de visuales elaborados y encajados como un guante en cada uno de sus beats. Un cierre de jornada por todo lo alto.