Temerosos, recelosos y curtidos de desconfianza por una "marginación" que sienten por parte de una sociedad a la que llegaron llenos de ilusión, los manteros de Barcelona reaccionan con sorpresa cuando se les acerca alguien que no sea un compañero de la venta en la calle. 20minutos.es ha conversado con algunos para conocer de cerca su situación tras los episodios de violencia que se han desencadenado este verano entre ellos y los agentes de la Guàrdia Urbana, y entre sus principales reclamaciones está que se les permita acceder al mercado laboral.

"Si nos descuidamos, nos pueden coger las cosas porque estas no son legales", explica M. M. para justificar su actitud defensiva. Los manteros han levantado una barrera para protegerse de las incautaciones de mercancía que en cualquier momento pueden sufrir por parte de los agentes de la Guàrdia Urbana. Segun fuentes municipales, entre 2015 y 2017 se les decomisaron 2.948.855 productos de la venta ambulante y se les impusieron 206.419 sanciones.

M. M., nacido en Senegal, permanece sentado en el intercambiador subterráneo del metro de la plaza de Catalunya, donde sostiene firmemente la manta que envuelve su mercancía, "porque arriba está la policía", indica, mientras se apoya en una de las columnas. "Este trabajo es ilegal, ¿sabes?, quisiera trabajar en otra cosa, pero no me dejan por no tener papeles. Trabajar no es un delito", espeta, con un fastidio que toma más fuerza en cada palabra que pronuncia porque, asegura, está "harto" de su situación.

"No trabajamos todos los días. Bueno, estamos aquí, pero no siempre se puede salir a trabajar. A veces se puede, a veces no te dejan los policías", comenta, mientras una mueca de resignación va tomando forma en su rostro. Cuando la barrera que blinda su personalidad amigable se va diluyendo, dos de sus compañeros se acercan a increparle por haber accedido a hablar con un periodista. Tres minutos de airada discusión en wólof (uno de los idiomas más hablados en Senegal junto con el francés) ponen en riesgo la conversación.

Al calmarse los ánimos, M. M. revela que la razón de su esfuerzo por ingeniárselas para vender como sea en las calles y plazas de la capital catalana son sus dos hijos, que están en Senegal. Uno tiene tres años y medio y el otro ya va a cumplir un año. Nunca ha podido tenerlo en su brazos porque vino a España cuando su esposa estaba embarazada. "Solo quiero trabajar", asegura.

Hablamos más tarde con Lamine Sarr, portavoz del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona, que exige que se derogue la actual ley de extranjería porque "piden muchos requisitos para regularizar nuestra situación y nosotros no podemos quedarnos de brazos cruzados sin hacer nada. Tampoco queremos sentarnos en la calle a pedir como mendigos. La única opción que nos queda es trabajar en la calle o en el campo".

Lamine exterioriza un pensamiento que parece coincidir con el del resto de manteros en Barcelona. "Si consigo un trabajo, ya no vuelvo a vender a la calle", indica uno que trabaja en el paseo Joan de Borbó de la Barceloneta. Otro, más fastidiado, pregunta: "¿Te gustaría trabajar así como yo?", y responde rápidamente "pues claro que no, porque no es bonito trabajar con miedo". Denuncia que la Guardia Urbana solo los "persigue", muchas veces vestidos de civiles, en referencia a la tarea de prevención de la venta ambulante en el espacio público que ejerce este cuerpo policial. Por su parte, el Ayuntamiento acepta que "no es la solución".

Desde el Consistorio indican que en 2017 se regularizó a 69 personas con un contrato de trabajo (43 a través de Barcelona Activa, 9 en Mercabarna y 17 mediante la constitución de una cooperativa). Además, 200 personas han sido atendidas por los Servicios Sociales del Ayuntamiento, que han abierto planes para la regularización de su situación administrativa.

Sin embargo, estas acciones aún no han sido palpadas por los más de mil manteros que circulan por las calles de la capital catalana, por lo que también es común su sensación de descontento con quienes se llaman "sus voceros". Muchos de ellos se crispan cuando se les pregunta sobre el sindicato que les defiende porque sienten que su situación no cambia. "No queremos saber nada de ellos", afirma uno, quien incluso lanza el siguiente reto: "Pregúntales a todos los que están aquí en la Barceloneta y verás que te dirán lo mismo".

La calle les transforma

La mayoría de los manteros proviene del África subsahariana, concretamente de Senegal, aunque también hay algunos de países como Guinea, Nigeria o Camerún. Estos vendedores ambulantes llegaron a Europa portando una mochila llena de esperanza y rebosando una alegría propia de la forma de ser del africano. Sin embargo, este carácter festivo y amigable lo van perdiendo con el paso de los días.

M. D. es un claro ejemplo de aquel proceso de metamorfosis. Llegado a las costas de Andalucía hace medio año en un patera, es uno de los 18.016 migrantes que vinieron a España desde Marruecos o Argelia entre el 1 de enero y el 15 de julio de 2018, según datos de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). Pese a lo sufrido en el trayecto, a los tres meses de vivir en España todavía no había levantado esa barrera de autoprotección. Se mostraba muy amigable y abierto, pero al cuarto mes la actitud defensiva ya formaba parte del nuevo M. D.

En aquel primer encuentro, esperanzado en recibir ayuda, y al no poder comunicarse todavía bien en castellano se animó a escribir en su móvil en francés: "Je cherche du travail et je n'en trouve pas. Si tu me aider a trouver ou une centre qui peux aider" (Estoy buscando trabajo y no puedo encontrar. Ayúdame a encontrar trabajo o un centro que me pueda ayudar).

No solo no encontró trabajo sino que sufrió su primer cruce con la ley. La Guardia Urbana le incautó su mercancía y se quedó sin nada. "Estaban vestidos de civiles, se acercaron como clientes y me quitaron mis cosas", comenta.

"No es fácil vivir así. Los gobiernos no nos hacen caso cuando denunciamos los abusos que sufrimos por parte de la Policía. Saben que no tenemos papeles, que no podemos denunciar, que no tenemos voz ni fuerza ante la ley...", asegura Sarr.

Para llegar a España, M. D. se adentró en las aguas del Mediterráneo en una patera inflable desde las costas de Marruecos hasta las de Andalucía, sin salvavidas ni ninguna otra forma de protección, travesía para la que tuvo que desembolsar 200 euros a las mafias. "Éramos ocho [a bordo]", indica.

No le permitieron traer pertenencias con él para evitar ponerle más peso a la frágil embarcación. Solo llevaba consigo un gran temor mezclado con un frío lacerante que recuerda temblando, como si acabara de salir de un congelador.

"Tuve que remar mucho", recuerda haciendo el ademán con sus brazos para dejar claro cómo lo hacía. Por momentos pensaba que iban a perder el control de la embarcación por la bravura del mar, pero una vez llegaron a tierra firme sintió "un gran alivio". Ahí los atendió la Cruz Roja. Les dio comida y medicamentos por un día. Luego siguió su camino hacia Barcelona.

Aunque reconocen que están "fuera de la ley", la venta ambulante es su único sustento de vida por ahora. Aun a costa de que en cualquier momento les decomisen sus mercancías y tengan que volver a empezar, sostienen que seguirán luchando por sobrevivir por ellos y por los suyos.