Vivió 50 años de su vida entregado a la fotografía. Sin embargo, Ricard Terré (Sant Boi de Llobregat, Barcelona, 1928 - Vigo, Pontevedra, 2009) decidió darle la espalda durante una década (la de los 70) porque los encargos que recibían no le llenaban.

Cuando volvió a ella, ya jubilado en 1982, Galicia se convertiría en su base de operaciones nutriendo sus trabajos con temas que le fascinarían y acabarían por traspasar ese mismo embrujo al espectador: las romerías ancestrales, las fiestas paganas, las procesiones de Semana Santa... le llevarían, incluso, a cruzar la frontera con Portugal.

Antes de todo esto, allá por los años 50, Terré ya se había convertido en uno de los renovadores de la fotografía en este país como parte del grupo AFAL. Surgido en Almería de la mano de José Maria Artero García y Carlos Pérez Siquier, su nombre proviene de una revista especializada en fotografía y cine que se publicaría entre 1956 a 1963 y que daría cobijo a toda una generación de fotógrafos entre los que se encontraba nuestro protagonista.

Precisamente a ellos ha dedicado este verano una exposición el Reina Sofía, Una aproximación a Afal: Donación Autric-Tamayo, que todavía puede verse hasta el 19 de noviembre. Momento perfecto, por tanto, para adentrarnos más a fondo en la trayectoria de uno de los autores más personales que ha dado este país en el siglo XX. Algo que es posible gracias a la muestra Terré, que podrá visitarse hasta el 11 de noviembre en la Sala Canal de Isabel II de Madrid.

Comisariada por la hija de Ricard, la historiadora de la fotografía Laura Terré, la exposición no sigue un hilo cronológico, sino que está estructurada en torno a los temas que más fascinaron al autor y que se repiten a lo largo de toda su carrera: el ciclo de la vida, el rito, la fiesta, la Semana Santa y el Carnaval y, como no, la muerte.

"Hay tres elementos que se imponen como categorías para agrupar sus imágenes, aparentemente tan dispares y distantes. Tres caminos que se trenzan en la obra de Terré como en una encrucijada, saliendo y entrando de sus series y atravesando los territorios fotografiados: el reinado de los niños, la celebración de los días que corren cada uno con su afán, y la muerte, esa presencia sombría que es preciso conocer", explica Laura sobre el trabajo de su progenitor.

Compuesta por más de un centenar de imágenes -entre las que se encuentra el retrato de la famosa niña de comunión bizca- en todas queda latente el poder y magnetismo de los personajes anónimos que aparecen en todas ellas. Terré solía trabajar en solitario y con una cámara con objetivo de 28 mm, que le obligaba a disparar a la cara y a corta distancia captando momentos de verdadera intimidad.

Una oportunidad única para recorrer el conjunto fotográfico del hombre que dotaría de sello de autor el reportaje tradicional y que consiguió cambiar, junto a sus compañeros de batalla del grupo AFAL, en rumbo de fotografía en este país.