Max Estrella no es un delirio de voz aspirando a un premio en un reality musical, ni el ariete rioplatense que viene de meter goles en la Bombonera, allí donde llega Caminito en Buenos Aires. Max Estrella pronto cumplirá cien años y, bien exhumado literariamente hablando, podría recorrer de nuevo una España tan brillante como desasosegada, tan estéticamente cabal como materialmente deformada.

En un verano que ha discurrido entre el valle y la valla, el personaje de Valle-Inclán observaría el mundo con la amarga visión de una ceguera permanente, que le evita arrodillarse ante lo socialmente inaceptable pero le impide también observar a ras mismo de la realidad. Max Estrella atisbaría el mundo de los caídos del valle y del valle de los caídos con su concavidad de visionario bufo y grotesco. Y no dejaría de percatarse de que la extravagancia no es flor de un día, y de que España transita de un tiempo a esta parte entre lo irrisorio y lo risorio. Entre vivos y muertos. El Marqués de Bradomín en Luces de bohemia, caminando por el cementerio con Rubén Darío, ya sentenció sobre el sentido de la muerte en nuestro país: "Nosotros divinizamos la muerte. No es más que un instante la vida, la única verdad es la muerte". Basta imaginar a ambos pasear por la sierra de Guadarrama, allí en el valle de Cuelgamuros, rodeando, en amena conversación, la tumba del dictador. El callejón del gato bajo la cruz del Valle de los Caídos.

Y en esa España en apariencia luminosa de los años veinte, desfilan la redacción de un periódico, ministros y policías, la Semana Trágica de Barcelona, la Ley de Fugas, cárceles y tabernas, las huelgas de 1920, los fondos reservados y hasta la misma Cruz Roja.

Un siglo después, Cruz Roja atiende a los inmigrantes del Aquarius, los taxis van a la huelga, Barcelona persiste en su hosca tragedia, los presos se  aproximan a sus casas en vez de las casas a sus presos, se discute sobre el techo de gasto cuando las familias españolas quieren cubrir los gastos del techo, se habla del veto del Senado, cuando se debería hablar del voto del Senado, y 20minutos me ficha como colaborador. Sin duda es una caricatura de la realidad, bajo el crisol del humor del trauma posvacacional, pero caricatura española.

De aquella España geográfica y deprimida de El ruedo ibérico, ya no quedan algunas plazas de toros. Pero quedan costuras, algunas sin coser. Queda una sociedad que brama por crecer, por dejar a un lado lo superficial, lo banal, para concentrar el espejo en lo importante. En lo descomunal. Porque el reto de la política actual trasciende el trazo de brocha gorda y requiere altura de miras. La impasibilidad o el cortoplacismo son pecados mortales, que convierten a los ciudadanos en meros objetos electorales de consumo inmediato. Es el momento de la responsabilidad. De todos los partidos políticos. Pero también de nosotros, para evitar convertirnos en garabatos de nuestra propia intrahistoria, luces fugaces en el espejo del callejón.