Jaime, mi niño de oro. Tienes once años y aún no me has llamado 'mamá'. Puede que algún día llegues a hacerlo. Tal vez nunca. Tienes once años y autismo, y solo emites unas pocas aproximaciones vocálicas de aquello que más te importa conseguir: 'Pa' por 'pan', 'aua' por 'agua', 'i' por 'sí', 'o' por 'no'...

Para reclamar nuestra atención vocalizas fuerte, así que yo soy 'aaaaa' o 'eeeee'. Igual que tu padre, tus profesores o tus abuelos. Si no fuera por tu hermana pequeña, sería una madre que nunca ha sido llamada como tal. Aunque no importa y te voy a contar el motivo.

Cuando hace dos domingos por la noche tu padre te trajo al aeropuerto, la sonrisa de felicidad pura que me regalaste al verme después de cuatro días lejos de casa fue el detonante de un instante de perfecta alegría, de esos que hay que atesorar porque marcan la diferencia entre una vida gastada y una plena.

No hablas, pero mi corazón canta cuando veo esa sonrisa. No existe otra igual. Así que no importa que no me llames 'mamá'. He aprendido a distinguir lo esencial en lo que sustentarme y a evitar los anhelos inútiles que desgastan.

Sí que importa, en cambio, que estás viviendo en un mundo pensado para los que hablamos sin problemas, para los que tenemos la fortuna de dominar esa magia que la ciencia aún no ha logrado desentrañar del todo. Un mundo en el que el signado, los pictogramas y los textos adaptados a lectura fácil no abundan; en el que poca gente es capaz de entender, por falta de paciencia, de conocimientos o de ambas cosas, a aquellos que se manejan con cuadernos de fotos o pictogramas, signos o dificultades en el lenguaje.

Un mundo que los que tenemos la suerte de hablar tenemos la obligación moral de hacer más accesible, de convertir en un sitio inclusivo para todos aquellos que no pueden hacerlo, o que no pueden hacerlo igual de bien o con la misma facilidad.

Un gran poder acarrea de la mano una gran responsabilidad.

Todo empieza por saber que son millones los que sois como tú, mi niño dorado, y que compartís espacio, sueños, retos y alegría con nosotros. No solemos ser conscientes de vuestra existencia si no tenemos a nadie con esas dificultades cerca, igual que no lo somos del milagro que es el lenguaje.

Todo empieza además por tomar conciencia de que en este mundo también hay millones que no pueden caminar, que no pueden ver que no pueden oír... o que lo hacen con dificultad.

Todo comienza por saber que estás ahí, con tu sonrisa