"Entre todos vamos a acabar con el problema del plástico". No es una proclama ecologista para celebrar este martes el Día Internacional sin bolsas de plástico. Es el anuncio que la megafonía de un supermercado repetía este domingo cada poco tiempo. Una manera elegante de explicar a los clientes que se han acabado las bolsas gratis. Desde el 1 de julio, un real decreto, en aplicación de una directiva europea, obliga a todos los comercios españoles a cobrarlas. No mucho, cinco céntimos la más barata, pero suficiente para que cuando en la caja nos digan eso de ¿necesita una bolsa?, respondamos rápidamente: no, no, ya traigo yo la mía. Y saquemos del bolso la talega de tela, una bolsa reutilizada, echemos mano del práctico carrito, del capazo o de la mochila. Como se hizo toda la vida hasta que la bolsa gratis llegó al comercio hace unos 30 años. Los grandes supermercados ya las cobraban desde 2009. Por entonces cada español gastaba una media de 317 bolsas de un solo uso al año. Ahora gastamos 144 (62.560 toneladas, que se dice pronto), y el objetivo es que en 2020 apenas consumamos 90. En dos años quedarán definitivamente prohibidas las bolsas ligeras no compostables, sustituidas por las hechas con fécula de patata o maíz que en poco más de un año se descomponen en nutrientes orgánicos y ayudan a mejorar la tierra en lugar de contaminarla.

La medida no incluye a las bolsas de plástico sin asas, esas que sobre todo utilizamos para pesar frutas y hortalizas a granel. Pero poco a poco iremos viendo el regreso de las de papel, tan populares en las películas americanas. Papel que vendrá con la certificación del manejo forestal sostenible de esos bosques de donde procede su celulosa.

Algunos lo verán como un atraso. Otros como un incordio. Pero no queda otra. La vida útil de una bolsa de plástico es de apenas 20 minutos, lo que tardamos en llenarla, llevarla a casa, vaciarla y tirarla a la basura, donde tardará hasta 400 años en degradarse. Apenas un 10% se deposita correctamente en el contenedor amarillo para su reciclado. El resto, miles de toneladas, acaban en vertederos e incineradoras, o contaminando el mar, los ríos, los bosques y los espacios naturales. Se calcula que más de un millón de aves marinas y más de 100.000 mamíferos marinos mueren al año por la presencia de plásticos en los océanos. En los mares hay ahora mismo más plásticos que peces.

El siguiente paso será desnudar la fruta. Deshacernos de tantos envoltorios que recubren la comida, especialmente frutas y hortalizas ridículamente envasadas en bandejas de todo tipo, algunas veces unas dentro de otras para llegar a unos tristes gajos de naranja. Lograrlo es igualmente sencillo. Olvidemos el usar y tirar. Pasemos a la economía circular, la de nuestras abuelas. La de la naturaleza. Reducir, reutilizar y reciclar. Aunque solo sea para no seguir encontrándonos plásticos hasta en la sopa.