A los tres años Flavia fue separada de su familia y llevada a un lugar remoto donde ha permanecido encerrada y sin compañía durante los últimos 41 años. Flavia es una solitaria elefanta asiática, probablemente la más triste del mundo. ¿Qué pinta comiendo cacahuetes en el zoológico de Córdoba? Nada, no pinta nada. En teoría es una herramienta viva de educación ambiental. En la práctica es un modelo de lo que una sociedad moderna no puede seguir permitiendo. Niños y mayores se acercan a ella para ver cómo es de cerca, ajenos a su sufrimiento e incluso a su peculiaridad biológica, representante de la especie asiática, más pequeña y amenazada que su pariente africano de grandes orejas, pero en el fondo les da igual. La miran un instante divertidos mientras la pobre, renqueante, cansada, se apoya como puede en una pared que la sostiene en esa vida anodina, enjaulada, que le ha tocado. En el mundo solo quedan en estado salvaje unos 40.000 elefantes asiáticos. Los que malviven en cautividad no suelen llegar a los 60 años, así que la cuarentona Flavia está en el límite de su vejez. Y sin futuro. Pobrecita.

La delegada de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Córdoba es la responsable de este zoológico mantenido con dinero público, se entiende que por su valor educativo. Defiende que el animal está perfectamente cuidado y que dada su edad buscarle ahora compañía sería un problema e incluso hasta peligroso pues vete tú a saber cómo se iban a aceptar. No lo dudo, pero más allá de preocuparnos 40 años después por el bienestar de esta elefanta, yo le habría preguntado a la edil algo mucho más sencillo: ¿a qué esperan para cerrar este zoológico, para cerrar todos los zoológicos del mundo?

Más de 170.000 personas han firmado ya una propuesta del partido animalista Pacma para aprobar en España una Ley Cero que ponga fin a estas auténticas cárceles para animales. El cerrojazo inmediato es imposible, ya lo sé, pues los ejemplares cautivos no se pueden devolver a un estado salvaje que nunca disfrutaron y en donde morirían rápidamente. Pero deberían abandonar su vertiente turística para reconvertirse en centros de recuperación, cuyo objetivo final fuera desarrollar programas de reintroducción y se garantizara que los animales se mantuvieran en las mejores condiciones posibles hasta su fallecimiento.

Los delfines acróbatas no ríen ni son felices, todo es producto de la forma de su mandíbula

Porque no es solo Flavia. Son también las viejas elefantas deprimidas de los circos, los chimpancés olvidados, las orcas desdentadas de los grandes acuarios, los osos y lobos sin nombre en descuidados zoológicos como el de Almuñécar (también municipal). Son todos esos animales cautivos para diversión de unos instantes. Sitios donde disfrutar con la sonrisa de unos delfines acróbatas que no ríen ni son felices pues su sonrisa es producto de la especial forma de la mandíbula, diseñada para atrapar peces pero no para alegrar la vida a turistas aburridos.

Esto de querer ver a los animales de cerca está desfasado. En su novela El viaje del elefante (Alfaguara, 2008) José Saramago, quien pidió muchas veces el cierre de todos los zoológicos del mundo, relata el disparatado viaje que a mediados del siglo XVI hizo un elefante de la misma especie asiática que Flavia, por nombre Salomón, enviado como regalo del rey Juan III de Portugal a su primo el archiduque Maximiliano de Austria. El pobre animal tuvo que recorrer media Europa por culpa de caprichos reales y absurdas estrategias políticas, pero de eso hace ya casi cinco siglos y parece que no hemos avanzado nada. Seguimos queriendo ver, y si es posible tocar, a ese formidable animal que el premio nobel describió como "grande, enorme, barrigudo, con una voz capaz de asustar a los menos timoratos y una trompa como no la tiene ningún otro animal de la creación". Ya no hace falta. Los elefantes deben vivir felices en sus selvas. Y por los cacahuetes no se preocupen. Nos los podemos comer nosotros en casa viendo un buen documental.