Pues ¿qué queréis que os diga?: a mí me encanta Maluma. Me parece que lo tiene todo para triunfar. Es guapo, canta medio bien y en sus directos no hace nada más que animar al respetable segundo a segundo. Pero lo de sus letras y ese machismo rancio y anticuado en sus portadas... como que no.

En Cuatro babys habla de sus relaciones sexuales con cuatro féminas. En la portada de Mala mía aparece descansando en una cama repleta de mujeres. ¿No es un poco 1980?

Se habla mucho de Maluma. Para bien, para mal y nunca para regular. Está claro que el colombiano es un auténtico fenómeno de masas, que no deja indiferente a nadie, que sus canciones generan polémica, controversia e infinidad de titulares. Esto, en cualquier caso, es algo bueno si estamos hablando de marketing, pero los artistas deberían tener también un compromiso de responsabilidad con la sociedad y el mundo ya que su mensaje permanecerá para siempre en sus letras y perdurará en los años tras haber copado las listas de éxitos mundiales y haber sonado en las discotecas hasta la extenuación. Pero esto es solo mi opinión.

No quiero decir que Maluma no tenga compromiso, ya que además me consta que es un buen tipo, sino que, a veces, y funcionándole tan tan bien su estrategia marketiniana, resulta un poco cansino que cope portadas y titulares a base de polémicas. ¿Su fin principal no debería ser vender música?

Anoche estuve en su concierto en Madrid. Es el tercero al que voy y, como las otras veces que lo he visto en directo, me lo pasé realmente bien. Canté, bailé, reí y disfruté. No me sentí ofendido por sus letras ni por sus imágenes, pero os confesaré que, en ocasiones, me dio un poco de miedo el hecho de que los mensajes implícitos en las mismas pudiesen pasar de ser un instrumento de marketing a convertirse en un poso en el cerebro de tantos jóvenes que le siguen de manera acérrima.