No es nuevo que el año 2018 va a ser un año de cierta deceleración de nuestra economía: en la medida en que la economía española iba rellenando el hueco creado por la crisis, los ritmos de crecimiento han ido descendiendo anualmente: del 3,4% de 2015, al 3,0% de 2017. Este año, la cifra del consenso se sitúa alrededor del 2,7%, una previsión que se elevó al alza en primavera desde un inicial 2,4%.

Las razones de esta desaceleración son múltiples: el turismo, que ha sido motor del crecimiento, no puede crecer indefinidamente, y este año las cifras ya han dado ciertos signos de agotamiento. El petróleo, que llevaba una temporada con un precio inusualmente bajo, ha incrementado su precio más de un 10% en los últimos meses. El consumo, que se reactivó durante los años de fuerte crecimiento del empleo, no puede seguir tirando de la economía si no se incrementa la renta disponible de las familias, y la decisión del Banco Central Europeo de dar por finalizado el Quantitative Easing ha podido afectar anticipadamente a las decisiones de inversión o desinversión.

Un contexto que, en sus términos más básicos, ya conocíamos, pero que puede empeorar si el clima de los inversores y consumidores se vuelve negativo. Las noticias de las últimas semanas encendiendo las luces de emergencia juegan en nuestra contra, pues los consumidores e inversores, ante la avalancha de malas noticias, pueden posponer decisiones de consumo e inversión que son vitales para afianzar el crecimiento.

Nos encontraríamos por lo tanto ante una profecía autocumplida: el mal clima puede terminar con la recuperación. Para que la economía fluya, necesitamos confianza. Más en una economía ciclotímica como la nuestra.

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