Las herramientas de propaganda política han evolucionado a lo largo de los años. Las herramientas de suicidio político, también. Y son las mismas. Donald Trump encontró en Twitter al público dispuesto a asumir con naturalidad y entusiasmo mentiras, medias verdades, insultos y exabruptos. La red social es un lugar friendly para promover y socializar el conocimiento con inmediatez y de forma universal. De la misma manera, da entrada y facilita la expansión de todo tipo de productos socialmente insanos. Un líder insensato y extremista (da igual el extremo al que se quiera mirar) encuentra en Twitter a una legión de congéneres. Se retroalimentan entre sí. Se desquician juntos.

Trump ya llegó desquiciado a la campaña de las primarias republicanas y encontró a una masa crítica igual de desquiciada que le entregó la nominación. Esa masa crítica se expandió hasta llevarle a la Casa Blanca, donde aún no lleva ni un año. Y en ese escaso periodo de tiempo el trastorno se ha hecho presidencial. No puede evitarlo: Trump gobierna a través de Twitter, y Twitter puede ser su ruina. Trump gobierna a través de Tuitter, y Twitter puede ser su ruina

En febrero de este año, sólo 24 días después de tomar posesión de su cargo, el nuevo presidente sufrió su primera derrota ante la prensa tradicional, a la que tanto odia: se publicó que Michael Flynn, flamante Asesor de Seguridad Nacional, había mentido sobre sus contactos con Rusia cuando era miembro del equipo de campaña de Trump. El presidente tuvo que aceptar la dimisión de Flynn, en el intento de resultar salpicado lo menos posible. Ahora, diez meses después, Flynn se ha rendido ante el fiscal que investiga la intromisión de Rusia en las elecciones presidenciales americanas, y se ha reconocido culpable de mentir al FBI. Trump, en su incontinencia, tuiteó de inmediato que aceptó la dimisión de Flynn en febrero porque ya entonces sabía que mintió al FBI. Un disparo en el pie hubiese sido menos dañino para el presidente. Si ya en febrero sabía que Flynn había mentido al FBI, ¿por qué no lo dijo hasta diciembre? ¿Por qué no ayudó entonces a los investigadores? Y la pregunta que puede suponer un antes y un después en su presidencia: ¿es este un caso de obstrucción a la justicia?

En los años 70, Richard Nixon fue investigado por supuesta obstrucción a la justicia por el caso Watergate. Nixon acabó por dimitir, antes de que el Congreso le expulsara de la Casa Blanca mediante el procedimiento del impeachment.

Si una situación similar afectará a Trump, es una suposición muy prematura. Pero la liviandad tuitera del presidente es un regalo para sus enemigos. Poner por escrito y ante el público cualquier idea absurda que se le aparece por la cabeza puede ser su perdición. De momento, sus enemigos disponen del timeline de Trump para construir su causa contra el presidente.