La sequía parece que está aquí para quedarse. Lo que eran previsiones y posibles impactos negativos, son cada día más reales.

El 2016 fue, según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE UU (NOAA), el año más caluroso en los últimos 137. Y 2017 lleva el mismo camino, batiendo récord de temperaturas cada mes. Así, no parece extraño que la península ibérica esté sufriendo lo que podría ser una de las sequías más severas de las últimas décadas.

A la evidente falta de lluvias se ha unido la mala gestión del agua y la falta de previsión para afrontar un periodo seco como el actual. Esto tiene y tendrá impactos globales. No solo será el medioambiente. La agricultura, el abastecimiento urbano, la producción de energía, la industria, la salud y la seguridad pública son algunas de las víctimas de esta escasez de agua.

Por ello, es necesario poner nuestro esfuerzo en minimizar en lo posible los efectos de la presente sequía. Y trabajar activamente para afrontar con mayor previsión futuros periodos secos.