A raíz del artículo de hace unas semanas en el que contaba cómo mis sobrinas, de tres y cinco años, me habían puesto en un apuro, me tengo que confesar de otro. Si bien las niñas lo único que habían hecho era certificar que hace tiempo que pasé de los cuarenta y que ellas no conocen los teléfonos con cable en espiral, el último episodio es que me vi abocado y sin frenos al pretérito pluscuamperfecto. No sé si se lo imaginan.

A raíz de los libros de Yo fui a EGB se han puesto de moda en España los concursos en los que se repasa la infancia: los chuscos zapatones que llevábamos, el olor a nata de las gomas presuntamente de nata, los estuches de dos pisos o los mapas de plástico con cadenas de montañas y regiones unificadas. Y más, el perenne soniquete de canciones, bandas sonoras y cabeceras de programas viejunos. La nostalgia se pone en ebullición en estas fechas y no se salva ni Dios de la melancolía y el recuerdo.

Jamás he sido ni seré un tipo con buena memoria, soy más bien un coleccionista de emociones y algunas sensaciones. Vamos, que me aprendí las tablas con mis trucos y los afluentes con soniquetes próximos a la canción pop. Y, como quien dice, fui pasando de un curso a otro, más por la ilusión de aprender cosas que por los sobresalientes. Viví, dijéramos, entre el siete y medio y el ocho raspado toda la vida.

El día posterior al artículo del cable del teléfono me fui a la grabación de un programa para una cadena de TDT en la que a cuatro conocidos nos ponían a prueba. A buen seguro que el producto final será un show cómico, porque esos programas tardan en grabarse un montón de horas y acabas masticando todo el catering por hacer algo y por solidaridad con el chiste ajeno.

Me puse a conjugar el pretérito pluscuamperfecto con la boca llena de Peta Zetas

No quiero buscar excusas al momento fatídico del final del rodaje. Les cuento. El público estaba tan animado como en una Nochevieja de los ochenta y yo, que tiendo a la empatía, me dejé llevar por la fiebre del rodaje, la noche entrada y los jaleos de plató. (Nota al margen: debería ser más asertivo). Así que en las preguntas finales, con la boca llena de Peta Zetas (no es literatura ni metáfora; es real) me puse a conjugar el pretérito pluscuamperfecto para salir airoso de una prueba de literatura. Y con ojos de sueño y encomendándome a Delibes di una respuesta. Error. ¡Caos! Yo, que forraba los libros como nadie, que me aprendí las capitales de África, que hacía raíces cuadradas y que cantaba los afluentes como los planetas de Enrique y Ana… fracasé en el pluscuamperfecto.

Una presentadora sonriente, sumamente agradable y, en efecto, dotada para la broma acabó por hundirme. "¿Ya no te acuerdas del pretérito pluscuamperfecto?", me dijo. Yo tiré de sentido del humor como quien quiere vaciar el mar a sorbos y sonreí. Es lo que solía hacer de pequeño. Glups. Ya lo escribía la poetisa chilena Gabriela Mistral: "Su sonrisa fue un modo de llorar con bondad!".